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La naturaleza de la luz constituyó un enigma cuya resolución ha ocupado siglos de trabajo científico. Primeramente, hay que explicar que existen movimientos caracterizados por no producir transporte neto de materia, pero sí de energía, que se denominan, movimientos ondulatorios.

La luz visible es una ínfima fracción de un gran conjunto de radiaciones, la mayoría de las cuales no son visibles al ojo humano, bien porque su frecuencia es demasiado baja (por debajo del color rojo, de donde proviene su nombre de radiación infrarroja), o demasiado alta (por encima del color violeta, es decir, ultravioleta).

La luz blanca es la síntesis de luces de distintos colores. Un cuerpo que absorba toda la luz que le llega, excepto la azul, se verá de este color, porque refleja la luz azul. Si absorbe todas las radiaciones, no se verá, es decir, se verá negro; si refleja todas las radiaciones, se verá blanco.

Al analizar la transmisión de la luz se puede apreciar que esta se realiza de forma instantánea, a una velocidad determinada, finita, la cual tiene un valor muy elevado, 300 000 Km./s. La luz no necesita de medio material alguno para su propagación, pues la fuente principal de energía atraviesa espacios intersiderales prácticamente vacíos. En este sentido, se comporta como partícula y no como onda.

Cuando la luz pasa a un medio diferente a aquel por el que se propaga, se desvía, o sea, cambia de dirección y también de velocidad. Los resultados de la medición de la velocidad de la luz en distintos medios, obtenidos en 1850 por el físico francés León Foucault (1819-1868), demostraron que la velocidad de la luz en el agua es de 220 000 km/s, o sea, las tres cuartas partes de la velocidad de la luz en el vacío o en el aire.

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